Lecciones del pasado proceso electoral

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Luis Federico Santana

Por: Luis Federico Santana J.


La nomenclatura que articula los términos del discurso político dominicano contiene falacias y/o mentiras vulgares: democracia, honestidad, transparencia, voluntad popular, pueblo… son sólo fonaciones vacías de contenidos, en la mayoría de los casos.


Peor aún, la clase política y la clase gobernante se sienten satisfechos de construir estos discursos, y mientras más estéticos y bien articulados les quedan, mejor se sienten; aunque todo sea falso.


Y pasando al tema de los procesos electorales en República Dominicana, hay que decir que estos se tornan cada vez más complejos. Las pasiones son cada vez más intensas, hasta tal punto que pone a muchos a ver negro lo que es azul.


Los ganadores aseguran que todo salió bien, mientras que los perdedores dicen que todo salió mal. Hay una polarización que lleva a los contendientes a posiciones diametralmente opuestas.


Ambos grupos polarizados se niegan a moverse hacia el punto de equilibrio y llegar a avenencias que beneficien a todos.


Da la impresión de que existe un marcado interés de complicar lo sencillo. La clase política, igual que la clase gobernante, parece que caminan como el cangrejo: hacia atrás.


Pero bajando de la generalidad a las particularidades de estas elecciones, hay que reconocer que la Junta Central Electoral ha hecho un buen trabajo. Desde luego, siempre hay excepciones para confirmar la regla.


El trabajo de este organismo comicial, en la primera etapa de este proceso electoral, es esperanzador, sobre todo por superar la traumática experiencia vivida en el país durante la gestión de Julio César Castaños Guzmán.


Hay errores cometidos por los partidos y por el gobierno que muchos quieren cargar sobre los hombros de la Junta Central Electoral, pero es necesario identificar con claridad la línea divisoria entre una institución y otra.


El Partido Revolucionario Moderno ha pintado el país de azul. Es lo mismo que ocurrió en otras elecciones, cuando estuvo pintado de blanco, colorado o morado. La política partidista funciona a modos de ciclos que se superponen unos a otros.


Este hecho confirma, una vez más, que desde el gobierno se genera una gran influencia, determinante en los resultados electorales.


Las autoridades administran el presupuesto que se conforma fundamentalmente con los impuestos que aportan los ciudadanos, que también son los votantes.


Ese dinero, de forma sutil o vulgar, se usa en las campañas electorales, ahora y antes de ahora. En eso ninguno de los partidos que ha estado en el poder puede lavarse las manos.


Lo de la compra de conciencia se expresa en muchas modalidades: negociaciones entre los partidos, inversiones del gobierno en los ayuntamientos y los pueblos donde desea ganar, en inauguraciones de obras y en la compra descarada de votantes en el mismo frente de los colegios electorales, a precio de vacas muertas.


Al votante se le compra con dinero, pica pollo, combustible, ron, regalos y cualquier otro tipo de prebendas. Y la gente se deja comprar a bajo precio, pero con frecuencia engaña a quien lo engañó tomando el dinero y votando por el candidato de su preferencia.


Los ciudadanos en el pasado tuvieron un comportamiento ejemplar en las votaciones. Se levantaban de madrugada a depositar su voto de manera civilizada. Los partidos políticos, por el contrario, han viciado ese sano comportamiento.


Actualmente la generalidad de los electores no va a votar a menos que reciban la gratificación de los partidos políticos. Incluso hay ocasiones en que el votante pide que lo vayan a buscar a la casa y que lo regresen de nuevo después de depositar su voto.


Este manejo clientelar de los procesos electorales ha colocado un alto precio a las votaciones.


Prácticamente se ha anulado la conciencia, porque ahora cada elector tiene un precio.


Urge que la sociedad tome conciencia de este proceso de degradación que va arropando los procesos electorales, para evitar que colapse nuestro sistema de partidos.

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